Empezamos el día bien pronto. Suena la alarma a la 1:30 am. Abro la cremallera de la carpa con incertidumbre, después de una noche de lluvia y viento bajo el techo de la carpa, pero me llevo una sorpresa divina: el cielo está despejado y muy estrellado. ¡Qué suerte!
Pego un grito a Jorge: ¡¿Jorge, si podemos hacer cumbre?! A lo que me responde con su típico tono gracioso: ¡Obvio Lali, espabila que salimos!
Nos alistamos, tomamos una agua panela para coger fuerza y calor, y tres de los cinco valientes (otro de los chicos decidió no ir, decía que tenía síntomas de mal de altura y prefería prevenir), nos adentramos a la montaña inmensa para intentar hacer la cumbre sur, siempre con humildad y respeto máximo a la Pachamama.
Primero, unos 3km de más morrena, y luego, ya glaciar. Crampones listos, piolet, encuerados, ¡vamos! Paso a paso, respirando, adaptándonos a la altura y frío, hasta que Jorge nos grita: ¡equipo, felicidades, habéis hecho la cumbre sur del Huila! Abrazos, emoción, palabras de felicidad, fotos, vídeos, sonrisas, besos. Lo logramos, juntos.
Lástima que la cumbre estaba tapada justo cuando logramos los 5.080m tan anhealdos. Pero, como se dice, la montaña es mágica, y justo a los diez minutos de empezar a descender… boom. Sale un poco el sol y se destapa la vista enfrente de nosotros, regalándonos de las imágenes más alucinantes que tengo grabadas en mis retinas. Un hilo de montañas nevadas se mostraba ante nosotros. Aprovechamos los quince minutos que duro ese regalo de la montaña para inmortalizar el momento y seguimos bajando hasta llegar de nuevo a Marte a las 8:00 am.